viernes, 25 de febrero de 2011

La luz de sus ojos

Relato de Semblanza para la clase de Guión de Ficción.

Sus enormes ojos azules se abren todos los días mucho antes del amanecer; a pesar de sus años guarda tanta energía que no consigue dormir más allá de las cuatro de la mañana. Como de costumbre se levanta luego de darse la bendición y va hacia la cocina a preparar café. El café de mi abuela se ha ido perfeccionando con el tiempo, su preparación no era una de sus labores pero como tantas otras cosas, ella ha aprendido a hacerlo no con las manos sino con el corazón porque sabe bien quienes lo vamos a tomar. Ese jueves sin embrago hace muy poco porque no va a estar en casa hasta el próximo lunes por la tarde.

Del tercer piso baja mi tía a acompañarla mientras hace el café, arregla la cocina y decide qué hacer de desayuno para ella y mi abuelo. Las charlas de mi tía y mi abuela no siempre acaban en buenos términos: mi abuela tiene una mezcla encantadora entre sabiduría y crudeza, ella afortunadamente nunca aprendió a maquillar las palabras; por supuesto las verdades que nos dice a la cara nos molestan muchas veces y terminamos por abandonar su cocina y no prestarle más atención. Gran error.

Cuando deja la olleta de café sobre la estufa, va nuevamente al cuarto y saca del frasco de tapa azul la primera pastilla del día de mi abuelo, toma del tocador el vaso con agua que ha dejado listo con anterioridad y despierta suavemente a mi abuelo llamándolo por su nombre: Rafael. Mi abuelo lleva casi cinco años tomando varias pastillas durante el día, es comprensible que se irrite cada vez que le toca tomar una más. A cualquiera de nosotros nos ofende la grosería de mi abuelito cuando definitivamente no se quiere tomar su medicina; pero mi abuela no es cualquiera, ella le habla con amor, le acaricia la cabeza, le promete un desayuno delicioso, lo levanta lentamente, y sin que él tenga tiempo de seguir discutiendo le pone la pastilla dentro de la boca y le acerca el vaso de agua a la boca.

El aroma del café ya inunda la casa, mi abuela deja a su esposo de nuevo en la cama y vuelve a la cocina para bajar de la estufa la olleta del café y poner en su lugar otra olla para preparar el caldo el desayuno mientras le pide a mi tía el favor de ir por el pan. Mi abuela tiene la creencia de que las cosas saben mejor si se consumen tan pronto como se compran o se preparan y aunque todos nosotros le hemos dicho que es más fácil si compra un mercado para quince días ella no cambia de idea, de cualquier forma tiene muchos años más que nosotros, razón debe tener.

El caldo está casi listo: mi abuela va nuevamente al cuarto a levantar a mi abuelo. Lo llama varias veces y le ayuda a sentarse en la cama y darse la bendición. Le alcanza las sandalias hasta los pies, le acerca el bastón y con dificultad lo ayuda a levantar de la cama… mi abuelo casi la dobla en peso y estatura; le pone la bata verde de siempre y lo lleva de la mano lentamente hacia el comedor. Una vez allí ella debe realizar la operación inversa, ayudarlo a sentar. Sirve el caldo, el café con leche y pone el pan cerca de mi abuelo. Ellos comen tranquilamente hablando de sus hijos, sus nietos, la casa en Guaduas, o de cualquier otra cosa.

Mi abuelo no se termina todo el caldo a pesar de ser su comida favorita, tampoco se toma completo el café. Ella trata de darle la comida en la boca pero él se rehúsa; el desayuno termina con mi abuelo discutiendo y mi abuela conteniendo lágrimas y palabras. Ella se cansa, pero sabe que él está aún más cansado de su condición; y sin lugar a dudas ella es mucho más fuerte. El timbre suena, mi tío el primero del día, llega a tomarse un café con mis abuelos y a ponerse la camisa que ella le había planchado minutos antes; a ese tipo de detalles nos ha acostumbrado a todos nosotros en diferentes medidas, claro.

Tan pronto como despide a su hijo, lleva a mi abuelito hasta el baño y lo ayuda a bañar y a afeitar, luego lo ayuda a vestir y termina de guardar ropa y pastillas en la maleta morada con negro que nos avisa a todos que nos vamos a Guaduas, un paraíso que todos añoramos, pero que sin duda tiene sentido gracias a ella. A mi abuelo no le agrada mucho la idea de irse ellos dos solos, tiene miedo de que pueda pasarle algo y mi abuela esté sola; sin embargo ella está feliz de poder pasar allá algunos días, “calentarse un rato” como dice, ver con su esposo a las garzas cruzar el cielo por la tarde, y esperar ansiosa el fin de semana para que lleguemos todos a pasar el puente allá. A mi abuela le encanta ver su casa llena, tener muchos platos que servir en el almuerzo y oír a sus nietos rifarse la lavada de la loza… todo esto pasa sólo en Guaduas, a pesar de sus esfuerzos por conseguirlo en Bogotá. Siempre se van los jueves y nosotros el viernes por la tarde o el sábado muy temprano. Son sólo un día o dos, sin embargo todos coincidimos… nada aquí es igual sin las ocurrencias, los abrazos y la comida de mi abuela; sin ese par de ojos azules que nos miran con tanta claridad y que nos exigen tanto, porque ella siempre que puede nos recuerda lo qué espera de nosotros, que no es poco.

jueves, 24 de febrero de 2011

De ahí vengo Yo

Una historia de mi prehistoria para la clase de Guión de Ficción.

Hay que ser valiente y tener coraje de sobra para seguir enfrentando la vida luego de que por azares de la guerra y el poder se haya perdido todo… todo. La violencia que vive Colombia es el pan diario de los noticieros, el tema preferido para acompañar una cerveza en los pueblos, casi un fantasmagórico miembro más en nuestras familias.

Pero no siempre ha sido así, hubo una época de la quizá se tengan pocos recuerdos –no porque en efecto sean pocos, sino porque la crudeza de la guerra ha dejado huellas indelebles- en la que se podía disfrutar de los atardeceres llaneros, con la seguridad de que, al día siguiente, la naturaleza volvería a revelar su perfección. Viendo esos atardeceres creció mi abuelo, y aún hoy, después de tanto tiempo, los recuerda con una lucidez admirable.

Él es un hombre con suerte, pudo disfrutar del “Sol de los Venados” –como él lo llama- cuando la gente respiraba tranquilidad y confianza, cuando en muchos pueblos colombianos no hacían falta policías, cuando el alcalde podía ser cualquiera pues nadie ponía en duda la honorabilidad del otro. Eran tiempos indudablemente mejores. Sin embargo, ya todos sabemos qué pasó después… de pronto, el 9 de abril de 1948, Bogotá, la capital, colapsó. Hacia el mediodía, asesinaron al que parecía ser el próximo presidente colombiano, un señor de apellido Gaitán. A partir de ese momento nada volvería a ser igual para el país… nada volvería a ser igual para mi abuelo.

Las revueltas que siguieron el asesinato del “Caudillo Liberal” se extendieron por Bogotá y pronto llegaron a otras ciudades del país; sí, también a las tranquilas llanuras entre Boyacá y el Meta. Así pues, el presidente en turno decidió militarizar cada rincón en el que pudieran acrecentarse las revueltas con el fin de controlar la situación. Pero bien dicen que a veces la cura resulta peor que la enfermedad, ¡qué lástima! Esta vez no hubo excepción.

De repente, mi abuelo despertó en un pueblo convulsionado en el que rondaban unos señores armados que según ellos procuraban la paz y la tranquilidad de los habitantes. Qué extraño, mi abuelo sentía muchas cosas, pero ninguna parecida a tranquilidad, y así como mi abuelo, todos en su pueblo estaban bastante incomodos con la presencia de aquellos policías que habían llegado a imponerles protocolos que ellos no entendían del todo bien, pero que estaban seguros de no necesitar. Al fin y al cabo llevaban generaciones enteras con su improvisada democracia, y evidentemente les había dado mejores resultados.

Los días siguientes, el aire se había vuelto pesado y difícil de respirar, parecía como si la llanura estuviese envuelta por una nube de tensa calma, esa que tantas veces se siente antes de que llegue lo peor. El atardecer se tiñó más rojo que de costumbre y de pronto, todo giró. Los habitantes del pueblo habían decidido retomar el control sobre ellos mismos, y estaba claro que los policías no se iban a marchar, ¡qué encrucijadas pone la vida! Muchos de los vecinos de mi abuelo se guardaron sus principios en los bolsillos, se armaron, y decidieron erradicar el problema de raíz y asesinar policías. Era el principio de la guerra.

El canto de los pájaros que tanto disfrutaba mi abuelo, mutó en gritos de dolor y en sonidos de bala. Poco a poco todo lo que él sentía como propio fue desapareciendo, el atardecer, el pasto verde, sus animales, sus árboles… su casa. Una mañana que mi abuelo recuerda con lágrimas en los ojos a pesar de su edad, llegaron hombres armados (mi abuelo dice que fueron policías, mi abuela, siempre más realista, sostiene que a esa altura de la situación no se sabe a ciencia cierta quienes fueron) a su casa, y lastimaron la dignidad de su familia, los humillaron hasta el punto de golpearlos y hacerlos huir –sin nada más que lo que tenían puesto- para siempre de ese lugar de ensueño. Mi abuelo, sus padres y sus cinco hermanos salieron de Pajarito con los ojos llenos de terror y con las ideas tan revueltas y al mismo tiempo tan claras, como para recordar cada cosa que pasó, y prometerse nunca regresar.

Mi abuelo y su familia se abrieron paso en la capital de un país violento e indiferente, pero a pesar de todo, nunca dieron su brazo a torcer, nunca dejaron de luchar, nunca regalaron lo que son. De ahí vengo yo, de un hombre que tiene la claridad del cielo en los ojos de su esposa, y que sabe que los que de él venimos necesitamos saber del Sol de Los Venados para salvarnos.

Mi Maleta Roja

Relato sobre un objeto de mi niñez para la clase de Guión de Ficción.

El primer día de febrero de 1993, yo entraba a estudiar al Jardín infantil Garabatiemos. Mis padres habían planeado toda una estrategia de motivación para que ese paso tan importante en mi vida fuera una verdadera experiencia, sin embrago, la idea de levantarme temprano, de cumplir con un horario y de hacer tareas todos los días no eran motivadores suficientes, al menos no para mí que llevaba menos de tres años en este mundo. De cualquier forma llegó el sábado previo a mi gran día, y con él la compra de los útiles escolares, ese definitivamente no era lugar para una niña pequeña, por eso ese día yo me quedé en casa de mi abuela.

Mientras mis papás escogían cuadernos, colores, escarcha y demás, apareció una maleta un poco más grande que yo: tenía la forma de una bolsa, pero esta era una bolsa especial, una de tela roja, con brazos y piecitos de colores y una mirada irresistible. Ellos no lo pensaron dos veces, esa era mi primera maleta.

Fue sólo cuestión de abrir la bolsa de supermercado que contenía mi maleta para que mi espíritu estudiantil me brotara por los poros. Sentía como si me hubiesen entregado el tesoro más valioso del mundo… un tesoro que por cierto era notablemente más grande que yo, pero eso no importaba mucho, en realidad nada importaba más que andar con mi maleta aunque me tocara arrastrarla un poco.

Mis papás estaban ahogados en colores, pinturas y papeles de todo tipo; en cambio yo corría por toda la casa luciendo mi nuevo tesoro y les pedía a ellos un poco más de agilidad marcando mis cuadernos. ¡Qué increíble! De pronto me moría por guardar en mi maleta libros y cuadernos para poder llevarla conmigo al jardín.

Entonces el gran día llegó, me levanté tan pronto como mis papás fueron a mi cuarto a despertarme; ese día le pedí a mi mamá que me dejara bañar sola y le prometí que no iba a jugar con los muñecos que tenía en la ducha; ese día estaba jugando a ser grande porque ya tenía mi propia maleta, una maleta como ninguna otra que era mi responsabilidad. Luego de varios minutos, estábamos, mis papás y yo, listos para salir de la casa. Yo cargaba con dificultad mi maleta, quizá mi maleta me cargaba a mí con dificultad… pero por nada del mundo iba a permitir que alguien más la llevara. Así llegué a mi primer día de jardín, un tanto enredada con una maleta roja, pero feliz de tenerla conmigo.

A partir de ese momento, mi maleta roja iba conmigo a todas partes sin importar la dificultad que esto suponía. En mi maleta había un orden irreconocible en un niño de mi edad: era supremamente cuidadosa cuando metía en ella mis cuadernos, mis libros y mi cartuchera: a cada uno le tenía un sitio especial y ese sitio era inmutable. También tenía muy presente que cada cosa que yo sacaba de ella, debía volver a su sitio tan pronto como dejara de usarlo. Mi maleta era la dueña de todo lo que en ella estaba.

Así pasaron casi dos años, en los que mi maleta era mi compañera de camino y no sólo eso, mi pertenencia más valiosa y la que más cuidaba. Sin embargo no iba a estar en párvulos y pre-kinder para siempre; cuando pasé a kínder mis cuadernos y mis libros eran más grandes que mi maleta. De repente, esa maleta que yo veía tan grande y que me costaba tanto cargar, era muy pequeña para mis útiles escolares y hacía que se salieran y se desordenaran.

Ella me había acostumbrado a mantener mis cosas ordenadas, y ahora ella misma me impedía hacer eso. No había otra salida, antes de que yo me convenciera, mis papás me habían llevado una maleta más grande y más cómoda para llevar al jardín. Con mucha tristeza me despedí de mi maleta roja, la guardé donde se guardan las maletas de viaje y cambié todas mis cosas a la nueva maleta.

Así pasaron vertiginosamente mis años de jardín, de primaria, de bachillerato y la mitad de mi carrera universitaria, con muchas otras nuevas maletas, que ya no me costaba tanto dejar porque desarrollé la adicción femenina por los bolsos.

Un día, cuando estaba buscando una foto de mi infancia para poner en mi anuario de once, encontré no una, ni dos, si no varias fotos en las que aparecía con mi maleta roja… intacta en mi memoria. La busqué en ese lugar en el que la dejé cuando terminé pre-kinder, y allí estaba, completamente igual: ni la humedad, ni el tiempo la habían cambiado. Fue como si mi maleta supiese que algún día yo la iba a rescatar de allí y tal vez quisiera encontrarla tan hermosa como el primer día.

Yo me volví a ver en los ojos de mi maleta, y desde entonces está colgada en la puerta de mi closet donde la veo todos los días, con sus brazos de colores y su amplia sonrisa… no imagino mejor forma de empezar el día que con una sonrisa y un arcoíris.

domingo, 20 de febrero de 2011

25 grados centígrados

A veces el frio de Bogotá no puede contenerse ni siquiera estando en casa; Samuel sabe bien de eso, pues en el apartamento en el que ha vivido toda su vida con su abuela y su mamá parece como si las paredes no existieran… el frío de la calle se cuela por cualquier parte, y de no ser por ese extraño “calor de hogar”, aquel apartamento sería insoportable.

Sin embargo, ese frio lugar es la sede de la empresa familiar que maneja Samuel junto con su mamá desde hace tres años, cuando ella se quedó sin trabajo y él tuvo que posponer sus estudios de posgrado fuera del país para ayudar a su familia a salir adelante. Para cualquiera el hecho de “abandonar” su sueño hubiera significado un enorme sacrificio y quizá una profunda frustración; pero Samuel es un hombre diferente.

La empresa de su familia marcha bastante bien, aunque ha sido difícil lograr lo que tienen hasta ahora, su mamá, su abuela y él no han dejado de trabajar ni un solo día para alcanzar sus metas. La jornada de ellos tres empieza muy temprano, cuando hace mucho frío afuera, mucho frío adentro, y el cielo todavía está oscuro. A partir de ese momento la abuela y la mamá se encargan de tejer manteles y cubre lechos; mientras Samuel hace un poco de todo: sale a entregar pedidos, busca nuevos clientes y atiende a los antiguos, lleva la contabilidad de la empresa, etc. Sin duda es un trabajo desgastante, y más si se toma en cuenta que son sólo tres personas conduciendo una empresa que requiere algo más de personal.

Samuel sabe eso, y ha intentado convencer a sus tíos y demás familiares de que trabajar con ellos es una buena opción para independizarse y recibir un salario digno, además de la posibilidad de darles una mano a ellos tres, que tantas veces sienten que el trabajo –afortunadamente- los sobre pasa. Pese a esto, ninguno de ellos ha querido ayudarles, en su lugar han tratado de demeritar sus esfuerzos. Especialmente Julio, el mayor de los hermanos de su mamá, ha criticado su trabajo cada vez que la oportunidad se le presenta.

Sin embargo, para sorpresa de muchos, en especial de Julio, la empresa de Samuel, su mamá y su abuela ha crecido a pasos agigantados y genera tan buenos ingresos que ellos tres ya piensan incluso en comprar el lote de tierra junto a su apartamento para tener más espacio, más tecnología, y más oportunidades de seguir creciendo. Después de tanto tiempo, todo lo bueno que habían sembrado empezaba a dar sus frutos; la felicidad y la tranquilidad que se respiraba en aquel apartamento bogotano generaba una sensación de calor que derretía casi por completo el hielo que permanentemente se sentía.

Todo lo contrario le pasaba a Julio. De un tiempo para acá su trabajo dejaba mucho que desear, y cómo su salario dependía de la cantidad de clientes que solicitaran sus servicios como contador, pronto empezó a verse abrumado por las deudas, las llamadas de los bancos, las cuentas por pagar en su casa, etc. Entonces Julio tomó la decisión de renunciar y hablar con su mamá para que convenciera a Samuel y a su hermana de que lo dejaran ser socio en su empresa.

A ninguno de ellos les gustaba la idea, sin embargo, sabían de la situación regular por la que atravesaba Julio y decidieron aceptarlo en su empresa. Es decisión sería la más importante de sus vidas.

Tan pronto como Julio entró a la compañía quiso cambiarlo todo; él tenía la idea de que por haber trabajado algunos años en un cargo relativamente importante en una compañía multinacional, debía ser quien de ahora en adelante tomara las decisiones y manejara la empresa. Sin embargo sus pretensiones iban en contravía con los principios de la empresa, y peor aún con los principios de su mamá, su hermana y su sobrino, inevitablemente, los clientes empezaron a notar los cambios en la administración, en la calidad de los productos, en el trato… en todo.

Una mañana, uno de los clientes más importantes que tenía Samuel, su mamá y su abuela; invitó a Samuel a tomar un café, por alguna razón estaba interesado en saber qué pasaba con su empresa, sin embargo, ese fue el tema que menos tocaron… aquel cliente estaba sentado frente a un joven que tenía la voluntad necesaria para convertir una empresa de tres personas en una marca importante y reconocida en tan solo tres años. Estaba sin duda frente a un hombre que cualquier empresa quisiera tener, él no tuvo que pensarlo mucho para hacerle una importante propuesta laboral a Samuel.

Cualquiera hubiera aceptado aquella propuesta de inmediato, pero Samuel no es como cualquier otro, y una vez lo demostraba. Él sabía que nada de lo que había conseguido era mérito de él solo, sino de dos mujeres más que no sólo habían sacado una empresa adelante, además lo habían formado a él como un hombre de principios. Así se lo hizo saber a su cliente. Por algún motivo que él no comprendía bien, sentía ganas de ayudar a aquel joven, pues era evidente que de seguir en la misma empresa con su tío, esta historia no iba a terminar bien.

El cliente le hizo una nueva propuesta a Samuel; él a su vez se la comunicó a su madre y a su abuela, y al día salieron del apartamento y lo dejaron, junto con la empresa, a nombre de su tío. No pasó mucho tiempo antes de que la empresa quebrara, y aquel apartamento -hogar de los sueños de Samuel- quedara abandonado; desde el momento en el que Julio lo ocupó, el frío se había hecho más insoportable que nunca, aquel apartamento se había hecho prácticamente inhabitable.

Samuel, su mamá y su abuela abordaron un avión con destino a España… hoy son dueños de una de las empresas europeas más importantes de confección de manteles, y de una casa frente al campo que sin importar las estaciones, siempre permanece con la temperatura adecuada.

viernes, 11 de febrero de 2011

Cosiendo Sueños

Jimena viaja como todos los días de su casa a su sitio de trabajo, una fábrica de costura mediana, en la que ella es la encargada de poner los últimos detalles a las prendas: pegar botones, ajustar cremalleras, etc. Para todos los demás, las aspiraciones de Jimena acaban cuando acaba de pegar un botón, sin embargo, los sueños de esta bella jovencita son tan grandes como ella les permite ser.

Como buena soñadora, Jimena transforma cada parada del autobús es el escenario perfecto para imaginarse a ella misma luciendo alguna de sus creaciones. Jimena lo siente todo, la tela, las luces, el humo, los gritos, los aplausos, los flashes de las cámaras fotográficas, todo. De repente, la gente común se trasforma en el selecto grupo de importantes empresarios que suele asistir a desfiles importantes; el pasillo del autobús muta en una majestuosa pasarela, el ruido de la calle se vuelve el ambiente controlado de un evento social exclusivo. Jimena, aquella joven que va sentada en una silla de autobús, con la mirada iluminada, se convierte en una modelo encantadora, maniquí de sus propias creaciones que tienen maravillados a los asistentes. Todo en ese mundo creado por ella, es perfecto.

Sin embrago, el recorrido de Jimena termina, y con él, la fantasía que se estaba imaginando. Por el momento el único mundo que le pertenece es el de su puesto de su trabajo, sus botones, sus hilos, sus tareas “irrelevantes”. Pero eso es sólo por el momento.

lunes, 7 de febrero de 2011

Contravía.

Historia escrita para taller de tv, basada en la idea de un buen amigo, sabanero como yo, apasionado como yo.

Amanece un jueves en Bogotá, otro más para Daniela y Santiago. Aunque no se conocen, comparten, entre otras cosas, el tedio en el que viven producto de la soledad, el profundo deseo de encontrar nuevamente el amor, y la creciente sospecha de que en su vida nada va a cambiar: el amor no va a llegar y en algún momento y sin más remedio aprenderán a hacer de su soledad una compañera menos molesta.

Ese jueves comienza muy tarde para Daniela, se levanta casi a las 10 de la mañana, organiza su cuarto, desayuna con un insípido cereal y deja la loza en la cocina. Coge del periódico, la página donde salen los cuadros de sudoku y busca entre el bife del comedor un esfero, los planes de Daniela para ese día se resumen en la hoja de periódico sobre la mesa de su comedor. Sin embargo, en el bife encuentra una vieja caja que solía usar para guardar cartas, fotografías, mensajes, y en general recuerdos. Daniela olvida el sudoku y el esfero y se sienta en la sala. Abre la caja y la vacía completamente, así, comienza a repasar cada cosa que encuentra, re-lee las cartas, mira las fotos y sostiene algunas joyas que encuentra. Mientras re descubre lo que hace tanto tiempo había olvidado, Daniela piensa en lo hermoso que sería encontrar a alguien con quien compartir sus sueños, sus deseos, sus miedos; alguien que caminara con ella y le devolviera la fe en la vida… sin embargo, estos pensamientos no duran mucho. Daniela se enoja con ella misma por encontrarse de nuevo soñando con la utopía del amor; y se obliga a recordar las decepciones y el sufrimiento que ha pasado por creer en las promesas de un “para siempre”. Contempla por unos segundos el desorden frente a ella y va a la cocina por una bolsa, en ella mete todo, incluso la caja. Amarra la bolsa y sale de su apartamento con ella.

Santiago, a diferencia de Daniela, lleva más tiempo despierto, una taza de café, tres horas de clase encima y los 2 primeros capítulos de un libro de derecho que tiene que terminar para la semana siguiente. En la universidad, entre las hojas de su libro, una botella de agua, y el cuaderno en el que toma apuntes; Santiago escucha un estudiante mientras habla por teléfono con su novia, para el resto de sus amigos aquel joven es un cursi más disfrutando –quizá- de la primera semana de noviazgo, cuando todo parece perfecto; pero Santiago sabe bien que esas palabras y esa mirada son producto únicamente del amor, del amor de verdad. Él lo sabe porque también algún día se sintió así, imparable y sin miedo a nada por causa de una mujer que aunque le prometió amarlo siempre, lo dejó con el corazón lleno de excusas. Santiago deja de escuchar al joven, toma agua de su botella y cierra muy fuerte los ojos. Ningún caso tiene pensar en el sentimiento que más daño le ha causado. Cierra el libro y guarda sus cosas en la maleta. Quizá es mejor ir a su casa y dormir un poco.

Daniela llama el ascensor con dirección al sótano. Al llegar al primer piso, las puertas se abren, Santiago entra al ascensor. Él y Daniela se miran fijamente a los ojos como si en ellos reconocieran alguien que dejaron en el pasado y que conocen bien. Ambos sonríen tímidamente, pero antes de que alguno hable y no haya vuelta atrás, el ascensor se abre y Daniela sale mirando al frente. Con ella afuera Santiago cierra la puerta. Ambos siguen su camino, con el deseo sumiso y mediocre de volver a amar, y la armadura dolorosa e impenetrable de la soledad y el dolor.