viernes, 25 de febrero de 2011

La luz de sus ojos

Relato de Semblanza para la clase de Guión de Ficción.

Sus enormes ojos azules se abren todos los días mucho antes del amanecer; a pesar de sus años guarda tanta energía que no consigue dormir más allá de las cuatro de la mañana. Como de costumbre se levanta luego de darse la bendición y va hacia la cocina a preparar café. El café de mi abuela se ha ido perfeccionando con el tiempo, su preparación no era una de sus labores pero como tantas otras cosas, ella ha aprendido a hacerlo no con las manos sino con el corazón porque sabe bien quienes lo vamos a tomar. Ese jueves sin embrago hace muy poco porque no va a estar en casa hasta el próximo lunes por la tarde.

Del tercer piso baja mi tía a acompañarla mientras hace el café, arregla la cocina y decide qué hacer de desayuno para ella y mi abuelo. Las charlas de mi tía y mi abuela no siempre acaban en buenos términos: mi abuela tiene una mezcla encantadora entre sabiduría y crudeza, ella afortunadamente nunca aprendió a maquillar las palabras; por supuesto las verdades que nos dice a la cara nos molestan muchas veces y terminamos por abandonar su cocina y no prestarle más atención. Gran error.

Cuando deja la olleta de café sobre la estufa, va nuevamente al cuarto y saca del frasco de tapa azul la primera pastilla del día de mi abuelo, toma del tocador el vaso con agua que ha dejado listo con anterioridad y despierta suavemente a mi abuelo llamándolo por su nombre: Rafael. Mi abuelo lleva casi cinco años tomando varias pastillas durante el día, es comprensible que se irrite cada vez que le toca tomar una más. A cualquiera de nosotros nos ofende la grosería de mi abuelito cuando definitivamente no se quiere tomar su medicina; pero mi abuela no es cualquiera, ella le habla con amor, le acaricia la cabeza, le promete un desayuno delicioso, lo levanta lentamente, y sin que él tenga tiempo de seguir discutiendo le pone la pastilla dentro de la boca y le acerca el vaso de agua a la boca.

El aroma del café ya inunda la casa, mi abuela deja a su esposo de nuevo en la cama y vuelve a la cocina para bajar de la estufa la olleta del café y poner en su lugar otra olla para preparar el caldo el desayuno mientras le pide a mi tía el favor de ir por el pan. Mi abuela tiene la creencia de que las cosas saben mejor si se consumen tan pronto como se compran o se preparan y aunque todos nosotros le hemos dicho que es más fácil si compra un mercado para quince días ella no cambia de idea, de cualquier forma tiene muchos años más que nosotros, razón debe tener.

El caldo está casi listo: mi abuela va nuevamente al cuarto a levantar a mi abuelo. Lo llama varias veces y le ayuda a sentarse en la cama y darse la bendición. Le alcanza las sandalias hasta los pies, le acerca el bastón y con dificultad lo ayuda a levantar de la cama… mi abuelo casi la dobla en peso y estatura; le pone la bata verde de siempre y lo lleva de la mano lentamente hacia el comedor. Una vez allí ella debe realizar la operación inversa, ayudarlo a sentar. Sirve el caldo, el café con leche y pone el pan cerca de mi abuelo. Ellos comen tranquilamente hablando de sus hijos, sus nietos, la casa en Guaduas, o de cualquier otra cosa.

Mi abuelo no se termina todo el caldo a pesar de ser su comida favorita, tampoco se toma completo el café. Ella trata de darle la comida en la boca pero él se rehúsa; el desayuno termina con mi abuelo discutiendo y mi abuela conteniendo lágrimas y palabras. Ella se cansa, pero sabe que él está aún más cansado de su condición; y sin lugar a dudas ella es mucho más fuerte. El timbre suena, mi tío el primero del día, llega a tomarse un café con mis abuelos y a ponerse la camisa que ella le había planchado minutos antes; a ese tipo de detalles nos ha acostumbrado a todos nosotros en diferentes medidas, claro.

Tan pronto como despide a su hijo, lleva a mi abuelito hasta el baño y lo ayuda a bañar y a afeitar, luego lo ayuda a vestir y termina de guardar ropa y pastillas en la maleta morada con negro que nos avisa a todos que nos vamos a Guaduas, un paraíso que todos añoramos, pero que sin duda tiene sentido gracias a ella. A mi abuelo no le agrada mucho la idea de irse ellos dos solos, tiene miedo de que pueda pasarle algo y mi abuela esté sola; sin embargo ella está feliz de poder pasar allá algunos días, “calentarse un rato” como dice, ver con su esposo a las garzas cruzar el cielo por la tarde, y esperar ansiosa el fin de semana para que lleguemos todos a pasar el puente allá. A mi abuela le encanta ver su casa llena, tener muchos platos que servir en el almuerzo y oír a sus nietos rifarse la lavada de la loza… todo esto pasa sólo en Guaduas, a pesar de sus esfuerzos por conseguirlo en Bogotá. Siempre se van los jueves y nosotros el viernes por la tarde o el sábado muy temprano. Son sólo un día o dos, sin embargo todos coincidimos… nada aquí es igual sin las ocurrencias, los abrazos y la comida de mi abuela; sin ese par de ojos azules que nos miran con tanta claridad y que nos exigen tanto, porque ella siempre que puede nos recuerda lo qué espera de nosotros, que no es poco.

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