Hay que ser valiente y tener coraje de sobra para seguir enfrentando la vida luego de que por azares de la guerra y el poder se haya perdido todo… todo. La violencia que vive Colombia es el pan diario de los noticieros, el tema preferido para acompañar una cerveza en los pueblos, casi un fantasmagórico miembro más en nuestras familias.
Pero no siempre ha sido así, hubo una época de la quizá se tengan pocos recuerdos –no porque en efecto sean pocos, sino porque la crudeza de la guerra ha dejado huellas indelebles- en la que se podía disfrutar de los atardeceres llaneros, con la seguridad de que, al día siguiente, la naturaleza volvería a revelar su perfección. Viendo esos atardeceres creció mi abuelo, y aún hoy, después de tanto tiempo, los recuerda con una lucidez admirable.
Él es un hombre con suerte, pudo disfrutar del “Sol de los Venados” –como él lo llama- cuando la gente respiraba tranquilidad y confianza, cuando en muchos pueblos colombianos no hacían falta policías, cuando el alcalde podía ser cualquiera pues nadie ponía en duda la honorabilidad del otro. Eran tiempos indudablemente mejores. Sin embargo, ya todos sabemos qué pasó después… de pronto, el 9 de abril de 1948, Bogotá, la capital, colapsó. Hacia el mediodía, asesinaron al que parecía ser el próximo presidente colombiano, un señor de apellido Gaitán. A partir de ese momento nada volvería a ser igual para el país… nada volvería a ser igual para mi abuelo.
Las revueltas que siguieron el asesinato del “Caudillo Liberal” se extendieron por Bogotá y pronto llegaron a otras ciudades del país; sí, también a las tranquilas llanuras entre Boyacá y el Meta. Así pues, el presidente en turno decidió militarizar cada rincón en el que pudieran acrecentarse las revueltas con el fin de controlar la situación. Pero bien dicen que a veces la cura resulta peor que la enfermedad, ¡qué lástima! Esta vez no hubo excepción.
De repente, mi abuelo despertó en un pueblo convulsionado en el que rondaban unos señores armados que según ellos procuraban la paz y la tranquilidad de los habitantes. Qué extraño, mi abuelo sentía muchas cosas, pero ninguna parecida a tranquilidad, y así como mi abuelo, todos en su pueblo estaban bastante incomodos con la presencia de aquellos policías que habían llegado a imponerles protocolos que ellos no entendían del todo bien, pero que estaban seguros de no necesitar. Al fin y al cabo llevaban generaciones enteras con su improvisada democracia, y evidentemente les había dado mejores resultados.
Los días siguientes, el aire se había vuelto pesado y difícil de respirar, parecía como si la llanura estuviese envuelta por una nube de tensa calma, esa que tantas veces se siente antes de que llegue lo peor. El atardecer se tiñó más rojo que de costumbre y de pronto, todo giró. Los habitantes del pueblo habían decidido retomar el control sobre ellos mismos, y estaba claro que los policías no se iban a marchar, ¡qué encrucijadas pone la vida! Muchos de los vecinos de mi abuelo se guardaron sus principios en los bolsillos, se armaron, y decidieron erradicar el problema de raíz y asesinar policías. Era el principio de la guerra.
El canto de los pájaros que tanto disfrutaba mi abuelo, mutó en gritos de dolor y en sonidos de bala. Poco a poco todo lo que él sentía como propio fue desapareciendo, el atardecer, el pasto verde, sus animales, sus árboles… su casa. Una mañana que mi abuelo recuerda con lágrimas en los ojos a pesar de su edad, llegaron hombres armados (mi abuelo dice que fueron policías, mi abuela, siempre más realista, sostiene que a esa altura de la situación no se sabe a ciencia cierta quienes fueron) a su casa, y lastimaron la dignidad de su familia, los humillaron hasta el punto de golpearlos y hacerlos huir –sin nada más que lo que tenían puesto- para siempre de ese lugar de ensueño. Mi abuelo, sus padres y sus cinco hermanos salieron de Pajarito con los ojos llenos de terror y con las ideas tan revueltas y al mismo tiempo tan claras, como para recordar cada cosa que pasó, y prometerse nunca regresar.
Mi abuelo y su familia se abrieron paso en la capital de un país violento e indiferente, pero a pesar de todo, nunca dieron su brazo a torcer, nunca dejaron de luchar, nunca regalaron lo que son. De ahí vengo yo, de un hombre que tiene la claridad del cielo en los ojos de su esposa, y que sabe que los que de él venimos necesitamos saber del Sol de Los Venados para salvarnos.
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