lunes, 7 de febrero de 2011

Contravía.

Historia escrita para taller de tv, basada en la idea de un buen amigo, sabanero como yo, apasionado como yo.

Amanece un jueves en Bogotá, otro más para Daniela y Santiago. Aunque no se conocen, comparten, entre otras cosas, el tedio en el que viven producto de la soledad, el profundo deseo de encontrar nuevamente el amor, y la creciente sospecha de que en su vida nada va a cambiar: el amor no va a llegar y en algún momento y sin más remedio aprenderán a hacer de su soledad una compañera menos molesta.

Ese jueves comienza muy tarde para Daniela, se levanta casi a las 10 de la mañana, organiza su cuarto, desayuna con un insípido cereal y deja la loza en la cocina. Coge del periódico, la página donde salen los cuadros de sudoku y busca entre el bife del comedor un esfero, los planes de Daniela para ese día se resumen en la hoja de periódico sobre la mesa de su comedor. Sin embargo, en el bife encuentra una vieja caja que solía usar para guardar cartas, fotografías, mensajes, y en general recuerdos. Daniela olvida el sudoku y el esfero y se sienta en la sala. Abre la caja y la vacía completamente, así, comienza a repasar cada cosa que encuentra, re-lee las cartas, mira las fotos y sostiene algunas joyas que encuentra. Mientras re descubre lo que hace tanto tiempo había olvidado, Daniela piensa en lo hermoso que sería encontrar a alguien con quien compartir sus sueños, sus deseos, sus miedos; alguien que caminara con ella y le devolviera la fe en la vida… sin embargo, estos pensamientos no duran mucho. Daniela se enoja con ella misma por encontrarse de nuevo soñando con la utopía del amor; y se obliga a recordar las decepciones y el sufrimiento que ha pasado por creer en las promesas de un “para siempre”. Contempla por unos segundos el desorden frente a ella y va a la cocina por una bolsa, en ella mete todo, incluso la caja. Amarra la bolsa y sale de su apartamento con ella.

Santiago, a diferencia de Daniela, lleva más tiempo despierto, una taza de café, tres horas de clase encima y los 2 primeros capítulos de un libro de derecho que tiene que terminar para la semana siguiente. En la universidad, entre las hojas de su libro, una botella de agua, y el cuaderno en el que toma apuntes; Santiago escucha un estudiante mientras habla por teléfono con su novia, para el resto de sus amigos aquel joven es un cursi más disfrutando –quizá- de la primera semana de noviazgo, cuando todo parece perfecto; pero Santiago sabe bien que esas palabras y esa mirada son producto únicamente del amor, del amor de verdad. Él lo sabe porque también algún día se sintió así, imparable y sin miedo a nada por causa de una mujer que aunque le prometió amarlo siempre, lo dejó con el corazón lleno de excusas. Santiago deja de escuchar al joven, toma agua de su botella y cierra muy fuerte los ojos. Ningún caso tiene pensar en el sentimiento que más daño le ha causado. Cierra el libro y guarda sus cosas en la maleta. Quizá es mejor ir a su casa y dormir un poco.

Daniela llama el ascensor con dirección al sótano. Al llegar al primer piso, las puertas se abren, Santiago entra al ascensor. Él y Daniela se miran fijamente a los ojos como si en ellos reconocieran alguien que dejaron en el pasado y que conocen bien. Ambos sonríen tímidamente, pero antes de que alguno hable y no haya vuelta atrás, el ascensor se abre y Daniela sale mirando al frente. Con ella afuera Santiago cierra la puerta. Ambos siguen su camino, con el deseo sumiso y mediocre de volver a amar, y la armadura dolorosa e impenetrable de la soledad y el dolor.

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