jueves, 24 de febrero de 2011

Mi Maleta Roja

Relato sobre un objeto de mi niñez para la clase de Guión de Ficción.

El primer día de febrero de 1993, yo entraba a estudiar al Jardín infantil Garabatiemos. Mis padres habían planeado toda una estrategia de motivación para que ese paso tan importante en mi vida fuera una verdadera experiencia, sin embrago, la idea de levantarme temprano, de cumplir con un horario y de hacer tareas todos los días no eran motivadores suficientes, al menos no para mí que llevaba menos de tres años en este mundo. De cualquier forma llegó el sábado previo a mi gran día, y con él la compra de los útiles escolares, ese definitivamente no era lugar para una niña pequeña, por eso ese día yo me quedé en casa de mi abuela.

Mientras mis papás escogían cuadernos, colores, escarcha y demás, apareció una maleta un poco más grande que yo: tenía la forma de una bolsa, pero esta era una bolsa especial, una de tela roja, con brazos y piecitos de colores y una mirada irresistible. Ellos no lo pensaron dos veces, esa era mi primera maleta.

Fue sólo cuestión de abrir la bolsa de supermercado que contenía mi maleta para que mi espíritu estudiantil me brotara por los poros. Sentía como si me hubiesen entregado el tesoro más valioso del mundo… un tesoro que por cierto era notablemente más grande que yo, pero eso no importaba mucho, en realidad nada importaba más que andar con mi maleta aunque me tocara arrastrarla un poco.

Mis papás estaban ahogados en colores, pinturas y papeles de todo tipo; en cambio yo corría por toda la casa luciendo mi nuevo tesoro y les pedía a ellos un poco más de agilidad marcando mis cuadernos. ¡Qué increíble! De pronto me moría por guardar en mi maleta libros y cuadernos para poder llevarla conmigo al jardín.

Entonces el gran día llegó, me levanté tan pronto como mis papás fueron a mi cuarto a despertarme; ese día le pedí a mi mamá que me dejara bañar sola y le prometí que no iba a jugar con los muñecos que tenía en la ducha; ese día estaba jugando a ser grande porque ya tenía mi propia maleta, una maleta como ninguna otra que era mi responsabilidad. Luego de varios minutos, estábamos, mis papás y yo, listos para salir de la casa. Yo cargaba con dificultad mi maleta, quizá mi maleta me cargaba a mí con dificultad… pero por nada del mundo iba a permitir que alguien más la llevara. Así llegué a mi primer día de jardín, un tanto enredada con una maleta roja, pero feliz de tenerla conmigo.

A partir de ese momento, mi maleta roja iba conmigo a todas partes sin importar la dificultad que esto suponía. En mi maleta había un orden irreconocible en un niño de mi edad: era supremamente cuidadosa cuando metía en ella mis cuadernos, mis libros y mi cartuchera: a cada uno le tenía un sitio especial y ese sitio era inmutable. También tenía muy presente que cada cosa que yo sacaba de ella, debía volver a su sitio tan pronto como dejara de usarlo. Mi maleta era la dueña de todo lo que en ella estaba.

Así pasaron casi dos años, en los que mi maleta era mi compañera de camino y no sólo eso, mi pertenencia más valiosa y la que más cuidaba. Sin embargo no iba a estar en párvulos y pre-kinder para siempre; cuando pasé a kínder mis cuadernos y mis libros eran más grandes que mi maleta. De repente, esa maleta que yo veía tan grande y que me costaba tanto cargar, era muy pequeña para mis útiles escolares y hacía que se salieran y se desordenaran.

Ella me había acostumbrado a mantener mis cosas ordenadas, y ahora ella misma me impedía hacer eso. No había otra salida, antes de que yo me convenciera, mis papás me habían llevado una maleta más grande y más cómoda para llevar al jardín. Con mucha tristeza me despedí de mi maleta roja, la guardé donde se guardan las maletas de viaje y cambié todas mis cosas a la nueva maleta.

Así pasaron vertiginosamente mis años de jardín, de primaria, de bachillerato y la mitad de mi carrera universitaria, con muchas otras nuevas maletas, que ya no me costaba tanto dejar porque desarrollé la adicción femenina por los bolsos.

Un día, cuando estaba buscando una foto de mi infancia para poner en mi anuario de once, encontré no una, ni dos, si no varias fotos en las que aparecía con mi maleta roja… intacta en mi memoria. La busqué en ese lugar en el que la dejé cuando terminé pre-kinder, y allí estaba, completamente igual: ni la humedad, ni el tiempo la habían cambiado. Fue como si mi maleta supiese que algún día yo la iba a rescatar de allí y tal vez quisiera encontrarla tan hermosa como el primer día.

Yo me volví a ver en los ojos de mi maleta, y desde entonces está colgada en la puerta de mi closet donde la veo todos los días, con sus brazos de colores y su amplia sonrisa… no imagino mejor forma de empezar el día que con una sonrisa y un arcoíris.

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